viernes, 14 de agosto de 2026

FABRICAR Y DESTRUIR IDOLOS

Entre un grupo de elegidos es fácil que fabriquemos nuestro ídolo, y también es fácil que lo destruyamos. Son ídolos elegidos por su estatus, por alguna cualidad o por cierto encanto. Esto pensaba hace un par de días cuando se hacía una crítica deshumanizadora acerca del traje de baño de una personalidad, como si no tuviera derecho a ser, a veces, una persona normal como tú o como yo. Me acordaba entonces de una anécdota ocurrida hace ya unos años, en la que fui reprendido personalmente por tratar como un niño normal a quien entonces lo era, con unos seis o siete años de edad.

Aunque al cabo de los años ese niño se convirtió en una gran personalidad, en alguna ocasión posterior él mismo me recordó aquella anécdota y su comportamiento de entonces, lógicamente rebelde e infantil. Era un crío que había sufrido una caída de un patinete y se había roto una ceja, con mucha sangre y el consiguiente susto. Mientras en el Hospital del Generalísimo le dábamos los puntos de sutura, le debí de dar algún grito para que se callara; de inmediato, un acompañante me llamó la atención advirtiéndome de que a ese niño no se le podía gritar por el lugar al que iba a llegar en el futuro. Ya me lo estaban deshumanizando antes de que llegara a ser alguien importante.
Quizá fue esa regañina, o el grito a esa edad, lo que me hizo verle siempre —más allá de su alta categoría— como un hombre sincero, bueno y normal.
Y eso es lo que tenemos que hacer con más frecuencia: ver más humanos a quienes consideramos solo unos ídolos, ya sean duros como el mármol o blandos como la plastilina, fáciles al doblez.
Alejandro José Domingo Gutiérrez
14 de agosto de 2026

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