Una de las noticias que más me ha impactado en los últimos días ha sido la presencia de un terremoto en Granada. Y no por la cuantía de los daños causados, sino por lo que podía haber ocurrido con el tesoro humano y artístico de la ciudad granadina. Solo pensar en un daño sobre la Alhambra o el Generalife es ya motivo de tristeza.
Esto me trae a la memoria el recuerdo, ya lejano, de un 29 de febrero de 1960 en el que viví personalmente un terremoto en Sidi Ifni. A medianoche, la habitación de cañas y barro donde dormía empezó a moverse y el techo a desprenderse. Los transistores nos aclararon la situación: un terremoto y maremoto tenía su foco en Agadir y estábamos a pocos kilómetros sufriendo una réplica del mismo.
Siguiendo órdenes del Mando, con un pequeño botiquín y unos sanitarios, marchamos hacia el epicentro del terremoto y, al llegar, encontramos un paisaje desolador: cadáveres entre escombros, sirenas de ambulancias, edificios destruidos y los gritos de las mujeres musulmanas, tan característicos de ellas. Doce mil muertos y setecientos heridos fue el balance de la catástrofe. No pudimos hacer nada, solo esperar la ayuda que tuvo que llegar desde el resto de Marruecos y desde Canarias.
Ese paisaje, al conocer la noticia de Granada, y la imagen de una Alhambra dañada me vinieron a la mente; afortunadamente, solo de forma virtual y no en la realidad, con lo cual solo viví una posibilidad y no un hecho real. Esto, al ser así, solo me trae alegría y el orgullo de tener en nuestra patria estos tesoros.
Alejandro José Domingo Gutiérrez
17 de agosto de 2026
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